El gran salón del castillo estaba completamente transformado. Las antorchas brillaban con una intensidad especial, el techo estaba adornado con telas blancas y doradas que caían en pliegues suaves, como si abrazaran los muros de piedra centenaria. En el centro, justo frente al altar adornado con flores silvestres y rosas imperiales, se hallaban de pie el príncipe y Lady Violeta Lancaster, ambos vestidos con atuendos dignos de la realeza, majestuosos y solemnes, sus miradas entrelazadas como si