El salón permanecía envuelto en un silencio tenso, un silencio que dolía, que apretaba el pecho. Las flores caían al suelo, una a una, como lágrimas sin dueño, mientras el aire se sentía espeso, irrespirable. La sangre aún manchaba los escalones del altar, y el aroma del incienso no lograba ocultar el cobre crudo que impregnaba el ambiente.
En medio de ese caos congelado, el príncipe Leonard de Theros se mantenía inmóvil. De rodillas, junto al cuerpo de Lady Violeta Lancaster, sus manos temblab