El salón del ala norte estaba en penumbra, iluminado apenas por la luz pálida que se filtraba a través de los vitrales. Leonard se encontraba solo, sentado en el borde de un diván de terciopelo azul, con la cabeza inclinada y las manos entrelazadas. El eco de los violines del baile aún retumbaba en sus oídos, pero no con nitidez. Era más como un recuerdo lejano, desenfocado, como si los sonidos hubieran viajado por un túnel largo y húmedo antes de alcanzarlo.
Algo no estaba bien. Lo sabía.
Pero