La mañana llegó con un cielo encapotado y un aire cargado de humedad, como si la naturaleza misma presintiera que algo no iba bien en palacio. El aroma de las magnolias no logró despertar consuelo en el alma de Lady Violeta Lancaster, quien, tras una noche inquieta y sin descanso, se obligó a vestirse, recogerse el cabello y salir de sus aposentos. No por dignidad, sino por inercia. Porque quedarse encerrada un día más sería concederle la victoria a la desesperanza. Y si iba a caer, al menos no