El aire dentro del castillo pesaba, como si el tiempo se hubiese detenido justo en el momento en que Violeta dejó de sonreír. Habían pasado ya demasiadas semanas desde la última vez que el príncipe le había buscado, desde la última palabra cálida, desde el último roce de sus manos. Y aunque todos los salones estaban adornados con flores frescas y la música llenaba los pasillos, para ella todo estaba envuelto en una bruma gris.
Violeta caminó sola por los jardines esa mañana. Las hojas crujían b