Los días en el palacio de Theros solían iniciar con el canto de las aves y el perfume tenue de las flores que el rocío de la madrugada aún no había disuelto. Pero para Violeta Lancaster, aquella mañana no trajo ni aromas ni melodías. Solo un silencio áspero, casi hiriente.
Desde el ventanal de su habitación, contemplaba los jardines. Las magnolias comenzaban a abrirse con timidez. El cielo estaba claro, sin nubes. Todo parecía en calma… y sin embargo, algo había cambiado. Algo que ni siquiera e