Habían pasado varias semanas desde aquella noche del baile. Desde aquella copa. Desde aquella mirada que dejó de reconocerla. Las estaciones parecían confundidas, porque aunque los árboles florecían y el aire se volvía más cálido, Lady Violeta Lancaster sentía que vivía dentro de un invierno que no acababa. Un invierno que no traía nieve, sino silencio. Que no traía viento, sino vacíos. Un invierno que no quemaba la piel, sino el alma.
El príncipe Leonard ya no la buscaba. No la miraba. No pron