No recuerdo la última vez que había salido de la oficina con la luz del día, aun tocando el asfalto. Gerónimo y yo habíamos estado enterrados hasta el cuello en documentos, llamadas, seguimientos y análisis casi clínicos de todos los frentes abiertos que teníamos. Entre los rusos, el consejo dividido y la incertidumbre sobre quién filtraba información, estábamos al borde del colapso. Pero ese día… ese maldito día, por alguna razón que aún no comprendo, todo se ordenó a las cuatro de la tarde.