Sentado en el asiento del copiloto, con la vista fija en la carretera iluminada por los faroles tenues del amanecer, no podía dejar de pensar en todo lo que se me estaba viniendo encima. Gerónimo conducía con la habitual serenidad que lo caracterizaba, pero yo sentía que mi cabeza era un torbellino imposible de controlar. Habíamos salido hace poco de la reunión con los hombres de confianza, esa donde todos pretendían tener una opinión fuerte, pero en realidad nadie estaba listo para cargar con