No lo había dicho en voz alta, pero contaba los días desde aquella noche en que Ludovica, envuelta en una toalla, me miró como si yo fuera su refugio. Contaba los días, las horas, las veces en que sus manos recorrieron mi pecho y sus palabras rozaron mi alma. Desde aquel intento de secuestro, todo había cambiado. Ella había cambiado.
Ya no era la joven la que llegó a buscar con recelo, envueltas en miedos. Era otra. Una mujer fuerte, ágil, precisa. Letal. Gerónimo no paraba de bromear con eso.