—Salvatore, me acaba de llamar. Está preocupado. Dice que no encuentra a Ludovica, que nadie la vio entrar al instituto. Nadie.
Sentí que la sangre me hervía. Cerré los ojos, conteniendo una maldición.
—¡Maldita sea! —bramé, y me giré sobre mis talones, volviendo al auto mientras el motor rugía de fondo—. Gerónimo, quiero que peinen la zona. Averigua con quién estuvo hablando antes de llegar. Pidan las cámaras de seguridad del instituto, de las calles cercanas, de todo. ¡Todo!
—Ya estoy en eso.