Salgo del despacho, conteniendo el impulso de gritar. Me tiemblan las manos. Me arde la piel. No por vergüenza. Es enojo, puro y denso, que me brota desde el estómago como lava. Gabriele acaba de decirme, con esa voz calmada suya, como si no acabara de romperme, que “no fue nada importante”. Así, sin dramatismo, sin dudar. Ni siquiera me miró directamente cuando lo dijo. Como si besarme, tocarme, casi perderse en mí por completo anoche, no hubiera tenido el menor significado. ¡Como si yo hubier