Los días siguientes a aquella noche se deslizaron con una suavidad que me pareció irreal. Como si el universo, por una vez, se hubiera detenido a mirarnos con ternura. Gabriele comenzó a recuperar fuerza con más rapidez de la que esperábamos. Su paso se volvió más firme, más seguro. Ya no se apoyaba tanto en mí, y aunque eso me daba alegría, también me dejaba con una extraña nostalgia. Había algo profundamente íntimo en sostener su peso, en compartir el ritmo lento de su andar. Era como si hubi