—¡Cobardes! ¡Es una mujer! —rugió, perdiendo la compostura.
Vida lo miró de frente. Caminó hacia él con pasos lentos, el cuerpo manchado de polvo y sudor, el cabello pegado a la frente. Cada respiración suya sonaba como una amenaza.
—Una mujer —repitió—. Sí. Pero una que ya no tiene miedo.
Long sacó un arma de fuego. El clic del gatillo resonó en toda la sala. Milah se detuvo al instante, con el corazón en la garganta.
Vida no.
Cuando él disparó, ella ya se había lanzado hacia un costado. El