El amanecer se filtró por las ventanas del hospital como una disculpa.
La luz era tibia, silenciosa, de ese tipo que no encandila sino que acaricia, pero no bastaba para borrar la sombra que había quedado en el aire.
Vida estaba sentada en la cafetería del tercer piso, frente a una taza de café que se enfriaba sin ser tocada. El cansancio se le notaba en la postura, en los ojos, en la forma en que sostenía la taza con ambas manos como si necesitara anclarse a algo simple.
Milah llegó con dos