El cuarto amanecer llegó con un sonido distinto: no los gritos de dolor, sino el repicar de las campanas de la iglesia. Tres golpes secos, solemnes, que no llamaban a misa ni a celebración. Llamaban a juicio.
Ariadna sintió el estómago encogerse apenas escuchó el eco. Clara golpeó la puerta de la posada con nerviosismo.
—Los ancianos te llaman. —Su voz temblaba—. Quieren que te presentes en la plaza.
Elian se interpuso de inmediato.
—No irá.
Clara lo miró con tristeza.
—Si no va, vendrán por el