La tarde cayó con un silencio extraño sobre el pueblo. El murmullo de los vecinos aún flotaba en las calles, como olas que golpeaban suavemente, pero Ariadna prefirió no salir. Se encerró en su habitación con el libro y el amuleto, preguntándose cuánto tiempo más podría seguir cargando con secretos que la consumían.
Un golpe suave en la ventana la sacó de sus pensamientos. Se sobresaltó, temiendo otra sombra, pero al apartar la cortina vio a Elian de pie bajo la penumbra, mirándola con esos ojo