El rumor llegó como llegan siempre las desgracias: primero en susurros, luego en voces firmes, después en gritos. Al atardecer, las campanas repicaron tres veces —no por misa ni por fiesta—, sino por reunión de emergencia. Ariadna lo supo antes de escuchar la tercera campanada: era por él. Era por ella.
La plaza se llenó con rapidez. Los faroles encendidos parecían más débiles que otras veces, y el aire cargaba un olor a humo que nadie se atrevía a nombrar. En el templete de madera, los anciano