La mañana del sábado entra limpia por la ventana y la ciudad parece contener el aliento un segundo más de lo normal. Antes de permitir que el hospital me invada la cabeza, me aferro a mi rutina como si fuese una cuerda: muelo el café, dejo que el agua llegue a noventa y dos grados, humedezco el filtro y observo el primer hilo oscuro caer en espiral. Diez minutos de caligrafía para templar la mano —trazo, respiración, pulso— y el mundo vuelve a su tamaño. Wilson se estira, apoya el hocico sobre