Desde que la tregua silenciosa entre Isabella y Dante se selló aquella noche de tormenta, la rutina en la mansión parecía menos asfixiante. Pero la calma era solo superficial. Debajo de cada palabra cordial, de cada roce evitado, latía una tensión que ninguno sabía cómo manejar.
Era viernes, día de reunión del consejo del clan Di Lazzaro. Isabella no estaba invitada oficialmente, pero en calidad de esposa de Dante —y heredera del clan Borgia—, su presencia era inevitable. Aquel día, los altos