Mía Miller
El aire en la sala de justicia, después de que el juez dictara el receso, no era aire; era estática pura, un gas pesado que me quemaba los pulmones con cada bocanada. Mis manos, entrelazadas con las de Alan, estaban heladas, pero mi sangre… mi sangre estaba empezando a hervir con un tipo de rabia que nunca había experimentado en mis veinticinco años de vida.
Era una furia negra, espesa, que nacía del centro de mi pecho y se extendía como lava por mis venas, consumiendo el miedo que