Alan Lombardi
La luz grisácea del amanecer se filtró por las persianas automáticas, cortando el dormitorio con líneas frías y precisas. No pegué el ojo en toda la noche. Me quedé allí, en la penumbra, escuchando la respiración de Mía, contando cada segundo que nos acercaba a las nueve de la mañana. Eran las seis. El tiempo, ese recurso que siempre he creído dominar con mis contratos y mis plazos, se sentía ahora como arena escapándose entre mis dedos.
Me giré de costado para observarla. En el