Capitulo 34

Alan Lombardi

​La luz grisácea del amanecer se filtró por las persianas automáticas, cortando el dormitorio con líneas frías y precisas. No pegué el ojo en toda la noche. Me quedé allí, en la penumbra, escuchando la respiración de Mía, contando cada segundo que nos acercaba a las nueve de la mañana. Eran las seis. El tiempo, ese recurso que siempre he creído dominar con mis contratos y mis plazos, se sentía ahora como arena escapándose entre mis dedos.

​Me giré de costado para observarla. En el
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