Alan Lombardi
El aire en el piso de presidencia de la Torre Lombardi siempre ha sido más delgado, más frío, como si el oxígeno se filtrara para que solo los que estamos acostumbrados a la asfixia del poder pudiéramos respirar. Caminé por el pasillo central con Mía a mi lado.
Su paso era firme, pero sus dedos rozaban de vez en cuando la tela de mi chaqueta, un recordatorio silencioso de que, aunque el parche estaba puesto, la herida seguía ahí, latiendo bajo la superficie de nuestra aparente c