Mía
Eran las tres de la tarde y el ritmo en la oficina era frenético.
Tras el despido masivo de la mañana, el ambiente se sentía más ligero, pero la carga de trabajo sobre mi escritorio era abrumadora. Estaba sumergida en un informe de auditoría cuando la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. No era Susana. Era Alan.
Se detuvo frente a mi escritorio, ignorando la silla. Se veía impecable, pero había una chispa de anticipación en su mirada que me hizo soltar el bolígrafo.
—Mía, deja