Sabía que Daniel estaba allí, esperándome. Lo sentí antes de verlo; el aire se cargó de esa tensión que solo él podía provocar, mezcla de amor y de verdad que me dejaba sin aliento. La niña estaba jugando en la sala con un peluche, ajena a lo que estaba por suceder, y mi madre ocupaba la cocina, preparando algo para cenar.
Daniel estaba de pie, apoyado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados, observándome. Sus ojos eran profundos y serios, y me atravesaron como un rayo.
—Elena —dijo