El corazón me retumbaba tan fuerte que pensé que todos podían escucharlo. Lorenzo seguía ahí, mirándome como si nunca hubiera pasado el tiempo, como si su presencia fuera algo natural… como si él tuviera derecho.
Y yo lo odiaba.
Tanto como le temía.
Tanto como temía lo que representaba.
—Hola, princesa —me dijo con esa sonrisa torcida que siempre me había helado la sangre.
Tragué saliva, sintiendo la garganta seca, y le escupí las palabras antes de que él pudiera acercarse un centímetro más.
—¿Qué haces aquí?
Él ladeó la cabeza, disfrutando de mi reacción, como si esperara ese temblor en mi voz, como si viviera para provocarlo.
—Vine a verte —contestó, con una calma irritante.
Mis uñas se clavaron en mis palmas.
Daniel, que estaba detrás de él, me miraba fijo. Tenía la mandíbula tensa, los ojos demasiado abiertos. Nervioso. Alerta. Sin saber cómo actuar… o sin querer hacerlo.
—Entra —me dijo él, su voz más baja de lo normal—. Por favor, entremos a la oficina.
—¿Sabías de esto? —le pre