Jamás imaginé que una vida pudiera cambiar tanto en cuestión de horas. Aún me dolía la herida de la cesárea, pero el pensamiento de mi hija, mi pequeña que seguía luchando conectada a esas máquinas, me mantenía en pie. Lorenzo insistió en acompañarme a la casa para buscar algunas cosas. No discutí. No tenía fuerzas.
Mientras subíamos las escaleras, me sentía débil, casi arrastrando los pies.
—No deberías estar haciendo esfuerzo —me dijo él, colocándose a mi lado.
—Solo necesito ropa para la beb