Pasaron las horas, o los días, no lo sé. Todo se mezclaba. Me interrogaron una y otra vez. Los oficiales lanzaban preguntas sin esperar respuestas, anotaban cosas que no entendía. Me acusaban de tráfico de órganos, de falsificación de documentos, de homicidio.
Yo no decía nada. Me quedaba callada.
En una de esas sesiones, un oficial me gritó tan cerca que pude sentir su aliento ácido.
—¿Quién te ayudó? ¿Quién te dio la orden?
—No lo sé. —Esa era mi única respuesta.
—¿Crees que protegerlo te sal