Después de esa operación llegué a casa demasiado agotada, me di una ducha y me acosté, me sentía extraña, no tarde en quedarme dormida.
El dolor me despertó antes del amanecer. Era punzante, seco, como si algo dentro de mí se desgarrara. Me incorporé en la cama con dificultad, intentando entender qué ocurría. Me llevé las manos al vientre, sentí la rigidez, la presión insoportable. Y entonces, el calor: la sangre deslizándose por mis piernas.
—No… no puede ser… —susurré.
El corazón me latía ta