Llegué a casa con las manos frías, la respiración entrecortada y el corazón golpeándome con una fuerza que me dolía. Tenía la ropa arrugada, el cabello húmedo, los labios aún hinchados por algo de lo que no quería ni pensar. Entré cerrando la puerta con cuidado, como si eso pudiera esconder mis pecados.
Pero ahí estaba él.
Daniel.
Sentado en el sofá, apoyado hacia adelante, los codos en las rodillas, las manos entrelazadas. Me miró apenas entré… y esa mirada me atravesó como un cuchillo. No era