Daniel reaccionó antes que nadie.
Fue un movimiento tan rápido que apenas pude procesarlo:
le arrebató a mi hija de los brazos a Manuel con una fuerza que no sabía que tenía.
—¡DANIEL! —gritó Manuel, pero ya era tarde.
Mi bebé quedó pegada al pecho de Daniel, llorando sin poder respirar bien, temblando, aferrándose al cuello de él como si su vida dependiera de ello. Y en cierto modo… dependía.
Yo solo pude correr hacia ellos, pero Daniel me detuvo, tomándome por la cintura con un brazo mientras sostenía a la niña con el otro.
—Vente —me dijo con voz baja y firme, sin perder el control.
Yo temblaba, ahogada, rota, con la garganta cerrada.
Mi cuerpo ya no me obedecía.
Todo me daba vueltas: el llanto de mi hija, la risa de Lorenzo, la rabia en los ojos de Manuel.
Daniel empujó la puerta de la casa con el hombro y entramos de nuevo. Yo sollozaba como una niña perdida.
—Déjame ir —gemí—. Por favor… déjame irme…
—No —respondió sin levantar la voz.
Me aferré a su camisa, desesperada.
—¡DÉJAM