El portón de la propiedad ya estaba frente a mí cuando los vi.
Lorenzo apareció primero, como un maldito fantasma que se niega a desaparecer. Luego Manuel, con esa sonrisa absurda que siempre me hizo sentir sucia. Mi corazón se aceleró; apreté más la mano de mi hija mientras mis maletas se me resbalaban por el sudor y la rabia. Daniel caminó dos pasos delante de mí, en modo protector, como si pudiera reparar algo. Como si pudiera devolverme a mi madre. Como si pudiera borrar todo el daño.
Yo estaba a punto de abrir la boca para gritarles que se apartaran cuando Lorenzo habló.
—¿Ya le contaste todo? —soltó con esa voz burlona que me erizaba la piel.
Daniel se tensó. Su respiración cambió, como si un hilo invisible lo estuviera jalando del cuello.
—Cállate, Lorenzo —gruñó él.
—No —intervine yo, sintiendo que algo dentro de mí hervía—.
No necesito que se callen. Ya sé que no son hermanos de sangre. Ya sé que todo en mi vida ha sido una jodida mentira. Pero déjenme en paz, malditos. ¡Déje