El portón de la propiedad ya estaba frente a mí cuando los vi.
Lorenzo apareció primero, como un maldito fantasma que se niega a desaparecer. Luego Manuel, con esa sonrisa absurda que siempre me hizo sentir sucia. Mi corazón se aceleró; apreté más la mano de mi hija mientras mis maletas se me resbalaban por el sudor y la rabia. Daniel caminó dos pasos delante de mí, en modo protector, como si pudiera reparar algo. Como si pudiera devolverme a mi madre. Como si pudiera borrar todo el daño.
Yo es