Pasaron exactamente dos días desde aquel infierno en la entrada de la propiedad… desde que Manuel intentó arrancarme a Isabella de los brazos, desde que caí al suelo sintiendo que me moría, desde que Daniel —por primera vez— me había visto verdaderamente rota y había prometido ayudarme a salir de ahí.
Durante esos dos días, no dormí.
No comí.
Solo respiré porque mi hija necesitaba que yo siguiera haciéndolo.
Sabía que la Gata llegaría en cualquier momento.
Daniel me lo había dicho, casi en susurros, en aquel momento en el que él se arrodilló frente a mí y me pidió que confiara. No fue sorpresa. Solo una mezcla de miedo y alivio que me quemaba el pecho.
Isabella dormía abrazada a mi cuello cuando escuché el timbre de la propiedad.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que me dolió.
—Es ella —susurró Daniel desde la puerta, sin entrar del todo al cuarto.
Yo asentí sin decir nada. No tenía fuerzas para hablar mucho últimamente. Mi voz todavía se quebraba desde la muerte de mi mamá. Y cada