Nunca pensé que empezar de cero pudiera sentirse tan parecido a sostener una respiración demasiado tiempo. Al principio es ansiedad, luego miedo, pero cuando finalmente sueltas el aire, aparece un alivio extraño, casi dulce, que te hace sentir que quizá sí mereces una segunda oportunidad. Esa sensación me acompañó la mañana en que salí de la habitación con el uniforme que me había regalado mi madre: una blusa sencilla, pantalones negros y el cabello corto rubio que todavía me costaba reconocer.