Nunca pensé que empezar de cero pudiera sentirse tan parecido a sostener una respiración demasiado tiempo. Al principio es ansiedad, luego miedo, pero cuando finalmente sueltas el aire, aparece un alivio extraño, casi dulce, que te hace sentir que quizá sí mereces una segunda oportunidad. Esa sensación me acompañó la mañana en que salí de la habitación con el uniforme que me había regalado mi madre: una blusa sencilla, pantalones negros y el cabello corto rubio que todavía me costaba reconocer. Me miré en el espejo antes de salir y me encontré con una desconocida que debía aprender a ser yo misma. Elena. Ese era mi nombre ahora. Y aunque doliera admitirlo, Isabella estaba muerta.
—Mamá, ya me voy —le dije, ajustando la mochila donde llevaba mis documentos nuevos, algo de dinero y un par de panecillos que mi madre insistió en prepararme.
Ella se levantó de la mesa, se acercó y besó mi mejilla con ternura.
—Dios te acompañe, hija. Vas a estar bien, ya lo verás.
Mi niña estaba sentada so