Me quedé unos segundos contemplando cómo la luz jugaba en el rostro de mi hija, dormida en su cuna. Cada respiración suya me recordaba lo frágil y, al mismo tiempo, lo poderoso que es el amor. Ya no era la misma mujer que llegó a esta casa rota, asustada y sin rumbo. Había aprendido a levantarse, a curar sus heridas, a sonreír otra vez. Pero ese día sería distinto. Ese día debía dejarlo todo atrás, incluso mi nombre.
Escuché un suave golpe en la puerta.
—¿Puedo pasar? —era la voz de Daniel.
—Ad