Daniel salió temprano esa mañana para reunirse con inversionistas, dejándome en la casa con Maritza y con Isabella.
Él caminó hasta la puerta sin mirarme mucho, solo dejando una frase corta:
—Regreso en la tarde. Quédate tranquila.
Yo no respondí.
No había nada que decir.
Cuando cerró la puerta y escuché su auto alejarse, sentí por primera vez en días un pequeño respiro.
Yo necesitaba un minuto sin él. Un minuto sin el peso de su presencia, sin su mirada, sin sus mentiras… y sin lo que había sentido ayer, cuando se atrevió a abrazarme como si fuera suyo.
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Maritza estaba sentada en la alfombra con Isabella, enseñándole a peinar a una muñeca.
Mi hija reía, infantil, feliz, ajena a todo el desastre que nos rodeaba.
—Tu niña es un sol —dijo Maritza sin levantar la vista—. Pero tú tienes una nube negra encima, mami. ¿Qué te pasa?
—Nada —respondí, aunque mi voz sonó dura y débil al mismo tiempo.
Maritza levantó la vista y me analizó.
—¿Sabes qué necesitamos? —dijo—. Salir. Ir de compras,