Daniel salió temprano esa mañana para reunirse con inversionistas, dejándome en la casa con Maritza y con Isabella.
Él caminó hasta la puerta sin mirarme mucho, solo dejando una frase corta:
—Regreso en la tarde. Quédate tranquila.
Yo no respondí.
No había nada que decir.
Cuando cerró la puerta y escuché su auto alejarse, sentí por primera vez en días un pequeño respiro.
Yo necesitaba un minuto sin él. Un minuto sin el peso de su presencia, sin su mirada, sin sus mentiras… y sin lo que había se