Manuel llegó esa tarde como si fuera el dueño del mundo, como siempre.
Eso nunca cambiaba.
Su arrogancia era como un perfume barato: penetrante, invasivo y desagradable.
Yo estaba en la cocina, en silencio, con las manos apoyadas sobre la encimera, mirando hacia el ventanal que daba a la piscina. La piscina donde mi madre murió. Donde la encontré sin vida. Donde todavía veía, en las noches, la forma de su cuerpo flotando.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más tensa.
Detrás de mí escuchaba las voces: Manuel preguntando estupideces, riéndose como un idiota, diciéndose amigo de la casa.
Y Maritza —ya no “La Gata”, como cuando estaba en la calle— jugaba con Isabella en el piso de la sala. La niña reía. Y eso era lo único que me hacía querer seguir respirando.
Yo no quería discutir.
No podía darme el lujo.
Debía ser inteligente.
Debía mantenerme entera… aunque por dentro estuviera hecha cenizas.
Escuché pasos detrás de mí, un caminar lento, familiar.
Daniel.
No necesitaba voltear.
—No le