Manuel llegó esa tarde como si fuera el dueño del mundo, como siempre.
Eso nunca cambiaba.
Su arrogancia era como un perfume barato: penetrante, invasivo y desagradable.
Yo estaba en la cocina, en silencio, con las manos apoyadas sobre la encimera, mirando hacia el ventanal que daba a la piscina. La piscina donde mi madre murió. Donde la encontré sin vida. Donde todavía veía, en las noches, la forma de su cuerpo flotando.
Mi respiración se volvió más lenta.
Más tensa.
Detrás de mí escuchaba las