La semana más larga de mi vida había terminado por volverme una sombra.
Siete días enteros sin escuchar su voz.
Siete días sin un mensaje, sin una llamada, sin un intento por recuperar lo que él decía amar tanto.
Siete días sin Daniel.
Y yo…
Yo tampoco fui capaz de cruzar la puerta de la casa.
No llevé a la niña a la guardería.
No salí al jardín.
Ni siquiera miré mi teléfono.
Mi mamá era quien atendía todo.
Yo caminaba por la casa como un fantasma. Dormía sin dormir. Respiraba sin respirar.
Vivía sin vida.
Cada mañana despertaba esperando —como una estúpida— que él estuviera allí.
Que golpeara la puerta.
Que apareciera bajo la lluvia.
Que gritara mi nombre.
Que me buscara.
Pero no lo hizo.
Ni él.
Ni Manuel.
Ni Lorenzo.
Los tres hombres que habían jugado con mi destino desaparecieron como si nunca hubieran existido.
Y en ese silencio… en esa ausencia… un pensamiento tomó forma tan claro como una herida abierta:
Tenía que irme.
No podía seguir viviendo de rodillas.
No podía seguir esper