Estaba aburrida. Completamente aburrida.
El reposo, las discusiones, la falta de trabajo, todo me tenía harta. No estaba hecha para vivir sin hacer nada, y menos para pasar los días enteros encerrada entre paredes tan perfectas que parecían burlarse de mi existencia.
Tomé aire, me puse unas pantuflas y caminé hasta la cocina.
—Buenos días —saludé con voz amable, entrando sin hacer ruido.
Las empleadas, que ya me conocían un poco, se voltearon de inmediato. Eran tres mujeres dulces, trabajadoras