El tiempo había pasado más rápido de lo que imaginaba. A veces me sorprendía mirando a mi hija jugar en el suelo con un par de cubos de colores y no podía evitar sonreír. Cada pequeño avance suyo era un milagro, un recordatorio de que la vida, pese a todo, seguía floreciendo.
Los días en aquella casa se habían vuelto tranquilos, casi perfectos. Mi madre se encargaba de cocinar, de llenar las mañanas con ese olor a pan recién hecho que tanto me recordaba a mi infancia. Daniel pasaba la mayor par