Llevaba dos semanas en la casa de Lorenzo. Catorce días que parecían una eternidad. No podía trabajar, no podía salir, no podía hacer nada. Tres veces en todo ese tiempo lo había visto: una para discutir sobre mis medicamentos, otra porque necesitaba firmar unos documentos y la última cuando vino a dejarme unas flores que no eran más que un intento inútil por disimular su ausencia.
Me sentía encerrada, atrapada en un lujo que no me pertenecía. Las paredes blancas, el aroma del jazmín que las em