El aire fresco del segundo jardín me envolvió al salir. Necesitaba despejarme, alejarme del ruido de la fiesta, de los invitados y, sobre todo, de la sensación punzante que Samantha había dejado en mí. Cada paso entre los senderos de flores parecía llevarme un poco más lejos de todo, aunque la presencia de Lorenzo y Samantha todavía latía en mi mente, como un eco que no podía borrar.
Mi madre apareció tras de mí. Su expresión era de calma, esa calidez que siempre había conocido, y que me hacía