El reloj marcaba las dos y media de la tarde cuando cerré la última consulta.
Tenía la cabeza a punto de estallar, los pies adoloridos y una sensación de vacío que no supe explicar. Había pasado una semana desde la cena en casa de los Dimonte y no había vuelto a ver a Lorenzo. Ninguna llamada, ningún mensaje. Ni una sola señal.
Intenté convencerme de que no importaba, que estaba bien así. Pero cada vez que lo recordaba defendiendo a nuestro hijo frente a su madre, la voz me temblaba por dentro.