El amanecer entraba por las ventanas como una burla. Todo estaba demasiado tranquilo, demasiado silencioso, demasiado normal… como si el mundo no supiera que el mío se había roto para siempre.
Me levanté sin pensarlo demasiado. Sentía los ojos hinchados, la cabeza pesada, el cuerpo adolorido como si hubiera sido golpeada. Me bañé por inercia, me vestí sin mirarme al espejo y fui a despertar a mi hija. Su respiración suave fue lo único que me dio fuerzas para no desplomarme allí mismo.
—Mi amor…