El amanecer entraba por las ventanas como una burla. Todo estaba demasiado tranquilo, demasiado silencioso, demasiado normal… como si el mundo no supiera que el mío se había roto para siempre.
Me levanté sin pensarlo demasiado. Sentía los ojos hinchados, la cabeza pesada, el cuerpo adolorido como si hubiera sido golpeada. Me bañé por inercia, me vestí sin mirarme al espejo y fui a despertar a mi hija. Su respiración suave fue lo único que me dio fuerzas para no desplomarme allí mismo.
—Mi amor… —susurré acariciando su frente—. Vamos a vestirnos, ¿sí?
Ella abrió los ojos somnolienta y se aferró a mi cuello.
Tuve que apretar los labios para que el llanto no escapara.
La vestí con cuidado, tratando de no temblar. Le puse sus sandalias favoritas y su chaqueta rosa. Ella me miró confundida, como si supiera que algo malo estaba pasando pero no entendiera qué.
—Mami… ¿a dónde vamos? —preguntó con su vocecita.
—A un lugar seguro, mi vida —respondí con un hilo de voz.
Tomé mi maleta. La de mi