El ruido metálico de la reja al cerrarse detrás de mí fue lo más parecido a un disparo. Retumbó en mi pecho y se extendió por cada rincón de mi alma. El aire olía a humedad, desinfectante barato y desesperanza.
Dos guardias me empujaron con brusquedad por el pasillo gris. Mis manos temblaban, las esposas me cortaban la piel, y el uniforme áspero me raspaba los brazos. No era doctora, ni mujer, ni madre. Era solo una reclusa más.
—Avanza —gruñó una de las guardias, empujándome otra vez.
Lo hice,