El evento infantil finalmente había terminado. Los niños corrían de un lado a otro, exhaustos, mientras sus padres recogían a los pequeños con sonrisas satisfechas. Yo estaba acalorada dentro del disfraz de oso, sudando por cada movimiento torpe que había dado durante la función, y Daniel estaba igual, con la cabeza de oso cubriéndole completamente la cara, respirando con dificultad. Aun así, ambos estábamos conscientes de que era mejor mantener la calma y no quitarnos los trajes hasta estar co