Cuando llegué a casa, todavía con aquel enorme disfraz de oso puesto, sentí que mi piel literalmente hervía. El aire afuera había estado fresco, pero dentro de aquel traje no había ventilación ni piedad. Apenas abrí la puerta, escuché la risita de mi hija, seguida de un silencio abrupto y, después, su llanto. Me quedé congelada. Mi bebé estaba sentada en el suelo, jugando con una de sus muñecas, pero al verme entrar convertida en un animal gigante, abrió los ojos enormemente y rompió en un llan