Habían pasado tres meses desde que crucé esas rejas por primera vez, y aún me dolía respirar.
Tres meses de noches sin sueño, de comida rancia, de miradas cargadas de odio, de silencio y resignación.
El tiempo se había vuelto una tortura constante, un reloj que no avanzaba, que se burlaba de mí cada vez que el sol entraba por las rendijas oxidadas de la ventana.
Faltaba un día para mi juicio.
Uno.
Y, por primera vez en semanas, me permití una chispa de esperanza. Tal vez, solo tal vez, alguien