Lo tenía frente a mí.
Lorenzo.
Tan cerca que podía sentir su respiración mezclarse con la mía, tan cerca que mi pecho se cerró como si volviera a estar en esa maldita celda, sin aire, sin salida, sin esperanza.
Él extendió una mano hacia mí, no para tocarme, sino como quien intenta retener a alguien que está a punto de caer por un precipicio invisible.
—¿Por qué huyes? —me preguntó, con la voz calmada pero cargada de algo que no quise descifrar.
No contesté.
No podía.
Mi garganta estaba apretad