No sé cómo logré sostener a mi hija sin que se me cayera. Mis manos temblaban, mi respiración era tan superficial que me dolía el pecho y mis piernas parecían de papel mojado. La niña balbuceó un “mamá” bajito, como si sintiera mi miedo, y eso solo hizo que mis ojos ardieran más.
Agarré el bolso con torpeza y lo colgué de mi hombro. Daniel, que había reaccionado antes que yo, recogió las toallitas que habían caído al suelo y las metió en el bolso sin decir nada. Su silencio decía más que cualqu